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ÁGORA / Cuauhtémoc Carmona Álvarez

Publicado el: 05 diciembre 2010

p>La lectura es muy clara: a los mexicanos nos gusta admirar a la gente que hace el bien por los demás, a los que se superan, los que se sacrifican por el bienestar ajeno, aquellos cuyas obras perduran y son imitadas de generación en generación.
En México, todavía hay cabida para los héroes, para las heroínas, para los actos heroicos que hablan de la esperanza en el ser humano, en el mexicano de ayer que tiene presencia hoy y que será recordado al paso del tiempo.

Todo esto es a colación de las diferentes encuestas y sondeos que han hecho diferentes medios de comunicación (en televisión y en internet principalmente) donde buscan al mexicano del bicentenario, al hombre o mujer que haya hecho algo por la Patria que lo distinga como el más influyente en la historia, aquel cuyas acciones hayan contribuido al México que hoy tenemos.
Recientemente, el canal History Channel hizo un ejercicio por demás interesante, donde en diferentes categorías (personajes históricos, deportistas, hombres de letras y artes populares) se nombraba al mexicano más destacado.

Al final del mismo, los cinco “finalistas” más votados por la gente en México resultaron ser: Octavio Paz, Emiliano Zapata, Pedro Infante, Hugo Sánchez y Benito Juárez, insisto, todos ganadores de una categoría distinta.
Para concluir se eligió al “campeón de campeones” y los resultados (que no sorprenden) fueron: quinto lugar para el futbolista Hugo, cuarto para el Nobel de Literatura Paz, tercero para el luchador social Zapata, segundo para el ídolo Infante y primer lugar para el Benemérito Juárez.
Y no sorprende porque a fin de cuentas la gente eligió a quien representa el esfuerzo mexicano, el que inicia desde abajo y llega a ver por el bien de los demás, al que no le tembló la mano para enfrentarse a la Iglesia dominante y que contribuyó a la consolidación de la Nación.
Por cierto su categoría era Historia y Política del siglo XIX donde por cierto el segundo lugar lo ocupó Porfirio Díaz.
El resultado no puede ser más sorpresivo. El mexicano reconoce la trascendencia de otro mexicano, tarde o temprano, sin lugar a dudas.

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Por: Cuauhtémoc Carmona Álvarez

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