Torreon, Coahuila, Mexico / Lunes, 06 de Septiembre de 2010 6:17 DIRECTOR: Lic. Ramón Betancourt
Columnas
LAS AMENAZAS DEL PRI
Federico Berrueto
11 de Enero de 2010 19:30 PM
Al PRI para juzgarlo hay que conocerle y, si es el caso, hacerlo al margen del resentimiento político. La suerte del PRI es que su juicio casi siempre es de quienes no le conocen y lo han hecho desde el centro, donde ya no existe. Ya entrados en un nuevo siglo, el PRI sin la Presidencia no sólo desmiente a quienes le han dictado muerte, sino que actualmente es la fuerza con mayor presencia en el poder público y es la que con mayor certeza se encamina a ganar la Presidencia, en lo que la política permite anticiparlo.
Los enemigos del PRI no son el PAN o el PRD, sino sus propios miembros. No sólo por el abuso, que en no pocos casos se vuelve cátedra de cinismo, sino porque una y otra vez han mostrado que la oposición ha crecido o ganado por las deserciones priistas. Neopanismo, cardenismo, lopezobradorismo o camachismo remiten a un mismo origen. Lo opositor más genuino ha venido de la vena comunista, sinarquista (Fox y PAN de Guanajuato) o del panismo histórico, del que Felipe Calderón es buena expresión.
El problema es que el PRI es más que un partido; en una de sus vertientes dominantes fue y es una cultura de ejercicio autoritario del poder. Pragmática, populista, eficaz para mantenerse en el poder, corrupta y corruptora. Como cultura de dominio se filtra como la humedad. Fox abrevó más de los priistas de lo que se imagina. Calderón en su socarronería tiene más del PRI y del PRD que del PAN. Así sucedió porque el PRI ha sido de origen, en su ADN, producto del presidencialismo autoritario.
La vigencia del PRI como cultura de ejercicio del gobierno se debe precisamente a su sentido del poder y manejo del aparato público, precisamente lo que el PAN, con su ADN opositor, no aprendió en décadas de lucha cívica y política. Quizás el PRI no tenga otro sentido de destino o proyecto histórico que estar en el poder, pero en las formas y en el fondo entiende mejor el significado del Estado, del poder presidencial nacional y de la política.
La vigencia del PRI como partido no deviene de su ideología o proyecto político, la alternancia ni siquiera lo llevó a la mínima definición doctrinaria. La vigencia del PRI radica en su presencia territorial por la inexistencia de la reelección, aspecto ignorado por críticos y apologistas.
El extenso tejido territorial tricolor a todo lugar alcanza, paradójicamente, sólo en el DF no existe. El PRI de factura originaria es la organización con mayor presencia efectiva en el amplio, diverso y complejo territorio nacional. Ni los totalitarismos izquierdistas o religiosos, mucho menos los proyectos políticos liberales, han logrado lo que el PRI en México.
El tricolor ha pedido licencia para el futuro: a la buena y a la mala ha aprendido a competir; sus gobernadores, en su mayoría, son jóvenes eficaces, pragmáticos y decididos.
Al PRI de Madrazo y Beltrones lo pudo derrotar la democracia. Pero el PAN y el conjunto de la nación se alejaron de ésta. El país de los monopolios, la persistente corrupción, la falta de crecimiento, violencia y desigualdad es condena del PAN. La izquierda por sus luchas internas no tiene credibilidad. El PRI ha regresado y posiblemente gane el poder nacional en condiciones de dominio en el Congreso, precisamente por la magnitud del fracaso de sus adversarios. El PRI no ha tenido que hacer mucho para estar en privilegio político, sólo apostar a su fuerza territorial.
La amenaza del PRI viene de dentro. Para casi todos queda claro que el gobernador del Estado más poblado y poderoso será candidato si no aparece la puñalada trapera desde la casa propia. Leyendas urbanas recrean la vigencia de Peña Nieto, quien continúa en la ruta hacia la Presidencia. Sus malquerientes, en el afán de descalificarlo, le minimizan y eluden que la fuerza mayor no está en los medios, inevitablemente veleidosos, sino en la coalición territorial que le acompaña, mayor y más cohesionada de lo que sus críticos estiman; una diferencia más entre Montiel y Peña.
Dadas las circunstancias, para los mexicanos el regreso del PRI no es tragedia; lo sería menos si recuperara lo mejor de su historia e hiciera lo que el PAN no quiso o no pudo hacer en 12 años de poder presidencial. A diferencia de sus adversarios, su pragmatismo centrista sí le permite llegar a la reconciliación, indispensable para una plataforma que impulse las transformaciones políticas y económicas que se requieren.
Nuevamente, sus amenazas no están fuera sino dentro. Con denuedo y máscara reformista, trabajan para minar constitucionalmente el poder presidencial a través de la ratificación parlamentaria del gabinete. Para no pocos, como ha sucedido en estos nueve años, un Presidente disminuido es condición para sus privilegios y licencia para el abuso, a costa del país y de una mejor política