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IDENTIDAD / Arcelia Ayup Silveti

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Se terminó la cuaresma y con tristeza vemos que se pierde poco a poco la elaboración de la comida tradicional de estas fechas. Recuerdo los tendederos que hacía en su cocina de adobe doña María Mejía Cervantes, mi abuela materna. Colgaba las calabazas en tiras, los elotes y varios tipos de chiles.

Tenía un horno de leña fabricada también con adobe. En él preparaba el pan de  elote al que llaman pan de acero porque se cocinan dentro de unas pesadas ollas de acero.

En tiempo de frío era una delicia estar con ella porque el fogón calentaba toda su casa. Mis hermanos y mis primas Silveti aguardábamos sentados en la mesa y ver sacar aquella delicia que bañábamos con leche endulzada o miel de maguey.

Doña María con tiempo se preparaba para cada viernes de la Semana Santa cocinar lentejas, garbanzos, habas, pipián, chuales, nopales con chile y con huevo,  pescado empanizado y arroz. De postre cocinaba capirotada y torrejas, en esta última también disfrutábamos de empaparla de miel de maguey, hasta que despareciera el color amarillo del huevo y se cubriera en su totalidad de color café.

Era un festín. Mi abuela nos contaba porqué eran días de guardar y qué había pasado cada día de la cuaresma, cuando Judas Iscariote traicionó a Jesucristo, cuando lo azotaron sin piedad, cuando resucitó.

Nos decía también que era importante no comer carne y “guardarse” como un reconocimiento a todo lo que Jesucristo sufrió. “No debe uno de andarse paseando. Son días para recordar a nuestro Señor.” En casa de mi mamá y en la mía mantenemos viva la tradición de preparar tales delicias y es un motivo más de acercamiento entre las familias. Sin embargo, son cada vez más escasas las personas que comparten esta costumbre.

Mi suegra, doña Manuela Vélez Adriano era fiel seguidora de las comidas de estas fechas. Cada viernes nos sorprendía con sus enormes ollas repletas de puras delicias. Fue una gran cocinera, todo le quedaba exquisito. Invitaba a todos sus hijos con familia incluida y después de comer y comer, ¡nos regalaba para llevar a cada una de sus nueras! Qué maravilla, claro que ninguna nos hacíamos del rogar, todas íbamos contentas con nuestros “itacates”.

De manera que mi cuñada Eloisa siguió con la tradición. Hace unos viernes nos sorprendió con todos los platillos que elaboraba mi suegra. Igual que como cuando doña Manuela vivía, el gran comedor y la cocina estaba repleta de comensales, todos en armonía.

Es bonito pensar en ella, en su herencia culinaria, en su fortaleza como mujer y como madre de familia, persona de gran determinación quien le heredó lo mejor de sí  a cada uno de sus hijos.

Le comenté a Eloisa el gusto de saber que de alguna manera siempre su mamá está con nosotros, que a pesar que mis otras cuñadas también cocinan muy rico, ella en particular tiene la sazón de mi suegra.

Ojalá tomemos un poco de sensibilidad y logremos poco a poco regresar a nuestras raíces, a retomar estas tradiciones que nos dan identidad y fortaleza como individuos, como laguneros y como mexicanos.

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